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Tema: Facundo Cabral: Retrato de la tristeza

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    abril 2011
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    Ciudad de Guatemala
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    Predeterminado Facundo Cabral: Retrato de la tristeza

    Facundo Cabral: Retrato de la tristeza


    Me despertó el sonido de un martillo, una máquina perforadora rompía el concreto de la calle. Minutos después, una llamada: mi papá me avisaba que habían asesinado a Facundo Cabral en Guatemala. La televisión. La noticia. Solo confirmaciones, se consumaba la tristeza.

    Abro entonces el ordenador y me empieza a llegar una lluvia de noticias, de titulares de prensa donde confirman que a la 5 de la mañana - Hora fatídica - ocurrió otro hecho de la violencia desbordada que desquicia a mi país desde hace varios años. Los detalles, ya los conoce todo el mundo.

    Pongo una silla frente al televisor para llorar desconsoladamente. No escribir, no escribir. Esa era la única idea que me surcaba la cabeza, como una mosca que sabe que molesta su presencia. No quería escribir porque era muy obvio todo lo que había pasaba por mi mente, lo que atravesaba mi espíritu como metal caliente. Estaba triste, el hombre que mataron es mi amigo.

    Salgo entonces de la casa y emprendo mi camino hacia la Plaza de la Constitución. Son las 8 de la mañana.

    Entonces me dio la impresión de que los martillazos de la máquina que rompía el concreto, eran lágrimas; que la luz potente que mandaba el sol de la mañana, eran lágrimas; que el vuelo de las aves, el ruido de los automotores, el silencio de las casas, eran lágrimas. Y no deseaba escribir, no podía creer que estaba a punto de erigir la Estatua de la Oveja Negra, como en el cuento de Augusto Monterroso. No lo haría, la Cultura no necesita mártires y no puede jamás ser violenta.

    Camino. Tengo muy claro lo que debo hacer. Plantarme frente al Palacio Nacional y llorar. Llorar desconsoladamente por la partida de mi amigo. Por su partida y no por hechos de los cuáles no sabía nada en ese momento. Quería ser humano, solo eso. Me ve la gente, mis ojos enrojecidos y mi aliento entrecortado me delatan. Vivo, sí, vivo el peor día de mi vida. Uno en el que fue muy difícil ser persona.

    A medida que me acerco, más de algún curioso nota que voy llorando desconsoladamente; caminando por el centro de la calle como una inmensa manifestación de un solo hombre. La mayoría se concentra en sus asuntos. Llego entonces a Palacio Nacional y cumplo mi cometido, mi deseo, recordar a
    mi amigo, debatiéndome entre la Oveja Negra de Augusto Monterroso y el "A veces da vergüenza ser guatemalteco" de Mario Monteforte.

    Palpo los barrotes, las columnas, los relieves. Busco en la dureza de Palacio una explicación satisfactoria o un regreso a la realidad consciente de la que me creía totalmente perdido. ¡Vaya mundo! Algunas de las personas que custodian la entrada, me vieron; supieron mi tristeza y quizá sintieron en su interior, que algo estaba muy mal en el mío y quisieron ayudar a pesar de que la formalidad de su cargo, lo prohibe. Busco un lugar para sentarme. Las escaleras. Sin saber exactamente por qué, volteo a la derecha. Una rosa de pétalos espesos, en desorden, algunos de ellos golpeados.

    La tomo, alzo la vista al cielo en el instante en que un pájaro vuela sobre mi cabeza. Le pido a Dios que deje de hablarme en código.

    Regreso a casa. Hablo con algunos amigos. No quería escribir, no quería cantar. Era momento de estar dolido, de estar triste, de estar callado quizá por muchos días. Me llama la guitarra con su canto de sirena. Recuerdo un tema lúgubre, un vals nostálgico que don Rodrigo Riera llamó precisamente, Nostalgia. Lo grabo y lo uso como testimonio de esos instantes color ceniza que poblaron mi cabeza. Son las 11 de la mañana.

    Me toma una hora leer todos los artículos y noticias de prensa que surgían. A las 11:45 me entero que se ha convocado a una manifestación en la Plaza de la Constitución. Tomo mis cosas y empiezo el viaje de nuevo, a toda prisa. Quince minutos, quince minutos para llegar con mi amigo. Corro, ya no camino. Salto, ya no corro. Vuelo.

    Tres minutos pasan del mediodía. La Plaza me luce normal. Gentes con sus ires y venires. Colegiales y colegialas caminan despreocupados, dos hombres desempleados fuman a la sombra de los árboles, un curandero ofrece los milagros de la cola del tiburón. Pero ni señas de la manifestación.

    Me acerco a la bandera. Enseña, pedazo de cielo; en que prende una nube, su albura. Allí, no más de 25 personas visten de blanco y contemplan la fachada falaz de Palacio Nacional. Ni una guitarra, nada. No había música. Por salir corriendo, olvidé llevar la mía; que aún temblaba con las notas del Chueco Riera. Salgo a buscar un guitarrero. El guitarrero me dice que no puede prestarme su instrumento porque se encuentra trabajando, vende tatuajes en una esquina y que le deseaba paz a Facundo pero no me acompañaría. Vuelvo con los poco convencidos que aguardaban junto a la bandera, donde pronto me advirtieron que llegaba un joven músico con su guitarra al hombro.

    Me acerco a él. Escribe un largo mensaje en una hoja de papel. Le pido prestado el instrumento y me siento al pie del símbolo patrio. Canto. Canto "No soy de aquí" y la gente, como hipnotizada, se congrega junto a mí en un círculo. Canto, hablo de Facundo como un ser excepcional y les digo, convencido, que si uno no está dispuesto a convertir en amigo a su enemigo, el amor simplemente no sirve para nada.

    Canto. Canta también mi amigo. La multitud conoce algunos versos pero no todos. Cantamos desafinados, con la voz exhausta por los gritos y entrecortada por el llanto. Seguimos cantando. Llega la prensa y de allí sale la fotografía que ya conocen.

    Aparece un megáfono y empiezan los discursos. Se busca una solución a un problema irresoluble. Cada quien trata de explicar los hechos desde su perspectiva aunque todos tenemos claro que Facundo Cabral había vivido en carne propia, el terror que supone, vivir en Guatemala.

    Siguen las palabras. Vuelan. Los indignados comienzan a hablar de los problemas del gobierno, de la corrupción, de la impunidad. De los miserables años del Conflicto Armado y de la triste cauda de muertos y desaparecidos. La palabra amor se dice, no sé si alguien más la siente. Pienso y lo grito, que el mundo debe estar de cabeza si se piensa que una persona que le cantó al amor, podría ser considerada como peligrosa. Uno asistente me habla de Dios, totalmente alcoholizado. Todos estamos indignados.

    Si algo tenemos claro los guatemaltecos, es que no hemos podido resolver nuestros conflictos. Cada problema de orden social, afecta nuestro interior, porque nuestro interior también tiene problemas importantes. Convencidos de que los militares aún son los forajidos desalmados, la gente se alebresta cuando la tropa viene a rendir honores al pabellón patrio y a colocarlo a media hasta, en señal del luto nacional que durará tres días.

    Un joven cantor, que hablaba de sueños e ilusiones y decía que se extrañaría la sombra del Cabral trata de arremeter contra los militares, los insulta, los llama cobardes y se convence de que su presencia es ilógica en el acto. Trato de detenerlo, de decirle que las manos le sirven para la guitarra y no para los golpes y su voz, su voz solo debe estar con las canciones. Cante cantor. Cante.

    Mucha gente grita. Muchos protestan. Con lo que me queda de garganta lanzo vivas a su nombre, al nombre de mi amigo. Algunos responden, solo algunos. Vuelve otra ronda de discursos. Ahora interrumpidos porque alguien dice "Libertad o muerte" esperando que todos respondamos "¡Venceremos!" Nos gritamos, decimos que el país no vale nada. Que debemos cambiar a las autoridades. Como si eso trajera beneficio alguno. Nuestro dolor y nuestras pasiones desbordadas, no nos dejan ver lo que sucede. Pensamos, sí, pero solamente en nuestro interior.

    Cada orador improvisado busca explicaciones al fenómeno. Lo ven como cuestiones divinas, lloran, se dejan la garganta. Quedan lejos las coplas del cantor y se vuelve todo un clamor general por justicia, por la gente que a diario muere y se convierte en estadística. Pido que recordemos que hay que vivir la vida y no morirla. Pocos recuerdan al poeta.

    Consternada por la violencia, una de las asistentes piensa que es mejor que vuelvan los gobiernos militares. El joven Cantor aduce que somos conformistas, que los soldados que movieron la bandera son igual de responsables, que hay que desaparecer; repito: desaparecer, a los uniformados del planeta. ¿No es mejor desaparecer la causa de tener enemigos? Solamente pregunto.

    ¿Por qué mataron a Facundo? No lo sé; pero sí sé por qué lo mataron en Guatemala. Porque aquí se puede, porque aquí la vida vale nada y porque los asesinatos diarios nos tienen ya acostumbrados. Vemos la muerte como algo anormal y justificamos las palabras de nuestro Nobel de Literatura, quien afirmó que aquí solo puede vivirse borracho. ¿Dijo Asturias realmente eso?

    Todas las manifestaciones que surgieron, todos los dolores, las soluciones muestran que en el país aún no se resuelven los conflictos que nos vienen dividiendo desde siempre. Macabra, la injusticia expande su sonrisa negra.

    Los intelectuales se reúnen a escuchar música alto volumen. A gritar, a bailar cumbias y a olvidar. Guatemala es surrealista, por eso tuvimos buenos escritores en este movimiento; el Nobel ya citado es un ejemplo. Me regresa el deseo de callar ¿para qué más palabras? ¿Le hago un homenaje a mi amigo cantando o escribiendo? Lo que quiero es llorarlo. Darme el lujo, por un día o un par, de ser un alma en este mundo; obviando por un momento si mi reino queda o no en el siguiente. Quisiera sentir odio, pero extrañamente, me siento impedido para ello.

    Son las dos de la mañana. Ya es domingo en Guatemala, día tradicionalmente ancho y hoy, estrecho como nunca.
    http://pix.am/ouOz.jpg

  2. Los siguientes 2 Usuarios agradecieron a Pablo Chavarría este mensaje:

    CESARC2003 (14 enero 2013), Herroldch (10 julio 2011)

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